Mientras desayuno, arropado por el suave calor del hogar, la prensa me sienta a la mesa el acuciante problema de Haiti, ante el cual surgen brotes de solidaridad, que van desde los conciertos solidarios hasta la ejemplarizante imagen de escolares pidiendo ayuda en las calles a sus parroquianos, o, los propios escolares entregando sus ahorros para el apoyo a este pueblo que sufre.
Cojo mi coche para ejercer mis tareas habituales, y mientras me desplazo por el paisaje, que se despierta con un tímido manto blanco, y que a pesar de los constantes avisos de rigores fríos siberianos las temperaturas que nos envuelven se sufren bien. Vigilo con el rabillo del ojo la vía por la que circulo, mientras en los espejos de mi memoria se reflejan y rememoran situaciones y momentos que nos rodean y nos hacen sentir el agradecimiento por haber nacido en un lugar del planeta, que bien podría dar nombre “Al Paraíso”. Mientras enfrascado en estos pensamientos me deslizo suave y veloz pasa ante mí, de soslayo, la imagen de algo que siento rompe el bucolismo y la idea de paraíso, sobre todo para el ser que la padece. No puedo resistir la tentación de estacionar mi coche a la espera de ver pasar ante mí la imagen arrogante y estúpida de la damisela envuelta en finas pieles de visón, astracán o zorra, que pasea, amarrado al oto extremo de la larga correa, al ser, posiblemente dentro de su raza, más inteligente, más noble, más leal, más versátil…, y en este caso más ridículo, “un bello pastor alemán con abrigo”.
Existe la idea de que la prolongada convivencia de perros y sus dueños les acerca en el parecido. Ante esto,
“Pobres niños con hambre en el Mundo si abundasen quienes gastan sus dineros en dar abrigo a quien no lo necesita”.
Llonguera.
Publicado en el periódico de La Montaña Central del mes de Febrero .
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